Querida niña, querida adolescente:

En un mundo que cambia a gran velocidad, es un privilegio contemplar a personas como tú, llenas de curiosidad, energía y deseos de construir. Guardo muchos recuerdos luminosos de mi infancia: tardes haciendo experimentos en la cocina con mi hermana Miriam, mezclando ingredientes imposibles solo por ver qué pasaba. Solía desmontarlo todo para ver qué había dentro; leía cómics y libros de aventuras, y en ellos descubrí que la curiosidad es una forma preciosa de libertad.

En mi familia aprendí generosidad, ternura, esfuerzo y perseverancia: valores imprescindibles para alcanzar la excelencia en cualquier tarea. Jugar, ensuciarse, probar y explorar no se dejan atrás al crecer; son formas de mantener viva la curiosidad, de seguir descubriendo el mundo con los ojos bien abiertos. Porque la ciencia, la tecnología, las humanidades y el arte no son tierras ajenas: son parte de tu vida, y tienes plena capacidad para ocupar esos espacios, para reescribirlos y transformarlos.

Cultivar una vida valiosa también significa rodearte de quienes te cuidan, te escuchan y te inspiran, para elegir con cuidado tus proyectos y a las personas con las que quieres compartirlos. Y si alguna vez no encuentras esa oportunidad, insiste. Busca a los adultos que te apoyen, a los profesores que te orienten, a las personas que te hagan sentir segura. A veces, una palabra amable basta para recordarte que lo importante no es hacerlo todo perfecto, sino hacerlo con pasión.

Permite que la curiosidad te conduzca: prueba, equivócate, cambia, crea. La ciencia y el conocimiento crecen en quienes se atreven a ir más allá de lo esperado, en quienes se permiten dudar y encontrar su propio modo de estar en el mundo. Las mujeres que hoy son referentes académicas también fueron niñas y adolescentes como tú.

Así que adelante: abre libros, haz preguntas y, sobre todo, cultiva tu curiosidad con cariño. Nunca se sabe qué flores maravillosas pueden brotar de su semilla.

Susana Al-Halabí
Universidad de Oviedo