De pequeña decía que quería ser «viajante», como mi tío. Él era científico, aunque yo todavía no entendía bien en qué consistía su trabajo. Lo que sí veía era que hablaba de él con entusiasmo: disfrutaba aprendiendo, viajando y compartiendo ideas con otras personas. Sin saberlo, me estaba mostrando que era posible dedicar la vida a algo que te apasiona.
Con el tiempo descubrí mi propio camino en la ciencia. Hoy investigo cómo aprovechar mejor los recursos y desarrollar materiales y envases alimentarios más sostenibles. Me gusta pensar que una pregunta aparentemente pequeña —¿podríamos fabricar un envase a partir de lo que ahora desechamos?— puede abrir posibilidades que antes no imaginábamos.
La ciencia me permite seguir siendo aquella niña curiosa. No siempre encontramos las respuestas que esperamos, y eso también es parte de investigar: observar, probar, equivocarse, aprender de otras personas y volver a intentarlo. En un mundo que cambia tan deprisa, necesitamos esa curiosidad más que nunca, junto con la imaginación y las nuevas herramientas que tenemos a nuestro alcance.
Si eres una niña y hay algo que te intriga, pregunta. Aunque todavía no sepas a qué quieres dedicarte, esa pregunta puede llevarte muy lejos. Y si te gusta la ciencia, quiero que sepas que también hay un lugar para ti en ella.