Cuando era niña, mi padre y yo coincidimos como pacientes en el hospital. Él había sufrido un grave desprendimiento de retina y yo llevaba un parche porque se me había clavado una mota en la esclera, el blanco del ojo. Poco después de aquello me pusieron gafas, no por la mota, sino por una miopía casi con toda seguridad heredada. Por esa misma época, mi tío abuelo perdió la vista a causa de un glaucoma. Supongo que todos aquellos acontecimientos me marcaron de una manera que entonces no podía comprender. Años después, cuando tuve la oportunidad de estudiar el ojo humano, no lo dudé. Al fin y al cabo, dicen que la motivación intrínseca es el motor más poderoso de la curiosidad científica. En mi caso, quizá todo comenzó mucho antes de que yo misma fuera consciente de ello.