
Yo de niña empecé estudiando piano, porque en mi casa la música siempre estuvo presente gracias a mi padre, gran melómano. Aunque disfrutaba, pronto me di cuenta de que el piano no era lo mío. Por una serie de coincidencias acabé con un violonchelo entre las manos, y fue la mejor decisión que pude haber tomado en aquel momento. Desde entonces, mi infancia transcurrió entre el colegio y el conservatorio, siempre con la cabeza llena de música. A veces me sentía la “rara” de mi entorno, pero era feliz en ese mundo sonoro que me acompañaba día y noche.
Al terminar la carrera en el conservatorio, llegué a Estados Unidos y descubrí otro universo: la biblioteca de la Facultad de Música de la Universidad de Indiana. Allí podía pasar horas recorriendo sus pasillos, cogiendo libros casi al azar y perdiéndome en ellos. Fue entonces cuando entendí que mi verdadera vocación estaba en la investigación: no solo en interpretar música, sino en estudiarla, comprenderla y compartirla desde otra perspectiva.
Hoy la musicología me permite seguir viviendo la música de otra manera y contribuir al crecimiento de una disciplina que cada vez tiene más espacio en nuestras universidades y centros de investigación. Si me hubieran dicho de niña que la investigación musical podía ser mi futuro, no lo habría creído.
