
De pequeña siempre tuve una inquietud interdisciplinar. En el colegio siempre me decían que podría estudiar aquello que quisiera, porque mostraba interés tanto en historia como en matemáticas. No obstante, cuando llegó la hora de decidir, mi tutor de instituto me sugirió no incribirme en la carrera de matemáticas porque «era una carrera muy dura con alta tasa de abandono». Me recomendó otras carreras más feminizadas, como estadística. No obstante, decidí estudiar matemáticas porque era la única materia en la que me entrenía con los deberes: matrices, logaritmos, trigonometría. Me encantaban.
Al acabar la carrera, volví a conectar con ese espíritu interdisciplinar que ya mostraba de niña. La tecnología, y concretamente, la inteligencia artificial, no es neutra, y tiene un valor socio-técnico el cuál debe ser analizado desde diferentes perspectivas, tanto desde las ciencias como las ciencias sociales y la filosofía. Además, dentro del contexto de emergencia climática, su infraestructura muestra serios retos en sostenibilidad que solo ahora se empiezan a debatir e investigar.
Toda esta carrera se la debo a mi madre, la que tuvo que migrar del sur de España para encontrar un trabajo en el norte, y a la que se le negó seguir estudiando por no ser el hijo varón.
