
Desde pequeña siempre sentí una gran curiosidad por entender cómo funcionan las cosas. Recuerdo que una vez intenté hacer mi propio experimento: puse unos huevos comprados en el supermercado bajo una manta, convencida de que con el calor podrían nacer pollitos. No fue así, por supuesto, y los huevos acabaron pudriéndose. Fue mi primera decepción científica… pero también la primera lección: en ciencia hay que tener paciencia, persistir y buscar siempre el porqué de las cosas.
Esa curiosidad me llevó a estudiar Biología, porque quería comprender cómo funciona el cuerpo humano y cómo todo está conectado, desde las células hasta los órganos, aunque parezcan independientes. Lo que más me ha fascinado siempre es lo que ocurre cuando algo no funciona bien: cómo surgen las enfermedades y qué mecanismos hay detrás.
Así fue como decidí centrar mi investigación en la obesidad. Aunque el camino no siempre ha sido fácil, cada desafío superado y cada reconocimiento me han dado fuerzas para seguir adelante. Elegí este tema porque creo firmemente que la investigación básica en obesidad es esencial: nos ayuda a entender por qué ocurre, qué la causa y cómo prevenirla. No debemos olvidar que se trata de una pandemia creciente, y sin ese conocimiento fundamental no podremos desarrollar tratamientos ni soluciones realmente efectivas para detener su avance.
La ciencia, al final, es una carrera de fondo. Y aunque a veces los resultados no sean los esperados, como aquellos pollitos que nunca nacieron, cada intento nos acerca un poco más a comprender mejor el mundo que nos rodea.
