
Cuando era muy pequeña, con apenas cuarenta días, mi madre ya me llevaba al colegio. En aquella época no había guarderías y era habitual que las profesoras acudieran al aula con sus hijos. Allí, observando a los niños mayores, empecé a descubrir el gusto por conocer y por comprender cómo funciona el mundo. Desde entonces, el interés por las lenguas, las personas y el saber ha marcado mi trayectoria. Nunca imaginé que esa inquietud me llevaría a dedicarme a la investigación y a trabajar con traducción, tecnología e inteligencia artificial. Hoy sé que la ciencia también se construye con palabras, con culturas y con personas que quieren mejorar la sociedad.
Además de investigar y enseñar, creo que es importante reservar tiempo para vivir: la familia, las amistades y las aficiones (como la música, en mi caso) también forman parte de quienes somos. A las niñas y a las jóvenes les diría que confíen en sí mismas, que no se dejen limitar por estereotipos y que se formen para poder elegir su propio camino. No hay trayectorias extrañas: cada persona construye la suya con formación y criterio. La investigación necesita miradas diversas, voces femeninas y mentes abiertas. El futuro también se escribe en femenino.
