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Irene Lebrusán Murillo

Ya de niña sospechaba que el mundo era algo más de lo que podían contemplar mis ojos. Los libros me contaban que existían mundos diversos, llenos de personas diferentes, todas ellas muy distintas de las que podía ver y conocer a mi alrededor. Pronto me imaginé a mí misma como escritora, explorando así las posibilidades de sociedades desconocidas a través del papel y ahondando en las posibilidades de la que creía conocer.

Nadie en mi entorno había ido a la universidad (otro de esos mundos desconocidos para muchos niños y niñas, casi inalcanzable), pero el deseo de comprender esa sociedad, esos mundos, hizo que quisiera estudiar psicología. Un día, un profesor sustituto me dijo “tú lo que en realidad describes es la sociología”. ¡Vaya! ¡Existían más disciplinas desconocidas! Y, así y por casualidad, gracias a una persona con la que compartí apenas una semana de clases, descubrí la existencia de esa disciplina que estudia la sociedad y sus relaciones.

La sociología me dio herramientas para sistematizar el análisis de las desigualdades que percibía en mi barrio, Vallecas, con otros lugares de mi ciudad, pero también para plantearme porqués, causas y otras cuestiones.

Comencé en la investigación un poco por casualidad, como becaria en proyectos de una investigación que analizaba la integración social a través de la vivienda y que exploraba en detalle todas las desigualdades que planteaba (que imponía) una sola ciudad. Si la vivienda es el motor y causa de la desigualdad, también la agudiza y la expresa en sus modos más extremos y la ciudad que me vio nacer era el mejor ejemplo de ello.

Si la teoría nos decía que el ciclo vital permite mejorar nuestra relación con el sistema residencial (mejoramos a medida que cumplimos años), la realidad del trabajo de campo señalaba situaciones terribles también entre personas de edad muy avanzada. Sus viviendas (y el estado de estas) les impedía una buena calidad de vida e, incluso, limitaba su capacidad de relacionarse con los demás. Gracias a  una beca doctoral tuve la posibilidad de ahondar en esa realidad de la que de no se hablaba: la vulnerabilidad residencial de las personas mayores en España.

El análisis de esta realidad me permitió ahondar en la comprensión de la vivienda como elemento de estratificación social y como derecho ineludible para el alcance de todos los demás. Sin vivienda adecuada, no hay inclusión social. También comenzó así el análisis de la vejez, una etapa desconocida y llena de prejuicios.

Siempre es muy difícil sintetizar ideas (infinitas) en apenas un texto, pero diría que, si bien no se puede aspirar a lo que no se conoce, la literatura es un recurso al alcance de quien tiene curiosidad. Leer no es solo fuente de aprendizaje de lo que está fuera de nosotras y nosotros, sino que lo es también de lo que tenemos dentro. Leer nos permite desarrollar una base, comprender parte del mundo y es, incluso, terapéutico. Por otra parte, las becas y la educación pública fueron fundamentales en poder ahondar en esta curiosidad. Mi recomendación será siempre defender la educación pública (esa que nos permite seguir soñando, pero también perfilar nuestros sueños, a nosotros y a los demás) y, aunque a veces cueste, confiar en las posibilidades propias y solicitar todas las becas posibles.