ColaboradorasYo Académica

María Isabel Jiménez Martínez

Desde que tengo uso de razón, me recuerdo escuchando historias. Adoraba las tardes con mi abuela, quien, mientras hacía punto, se inventaba cuentos fascinantes que siempre terminaban en el castillo de su pueblo, o los veranos calurosos en Extremadura, rodeada de muebles de otras épocas y de fotos de gente de mi familia con historias de guerra y bailes, de cunetas y cosechas, que se convertían en mi cabeza en los ingredientes de fábulas asombrosas. Las narraciones pronto se acompañaron de libros que llevaba a todos lados y terminaba rápido para contárselos a mis primas o a mis hermanos.  

En esos días largos de infancia alrededor de conversaciones con amigos y familia, que es muy numerosa y tiene muchos acentos, se fueron cultivando mis dos grandes pasiones: la lengua y la historia. De modo que, cuando llegué al instituto e hice mi primera clase de latín, de repente, ¡todo cobró sentido! Estaba aprendiendo a traducir textos de un pasado que no había ni siquiera imaginado, en una lengua, madre de la nuestra, que sentía a la vez cercana y muy lejos. Me enamoré enseguida. Si esta niña de siete años hubiera visto por una rendijita que ahora, treinta años después, me dedico a investigar cómo las palabras van cambiando a lo largo de los siglos desde el latín a las lenguas romances, estoy segura de que se habría puesto muy muy feliz.