
Si alguien me hubiera conocido de niña, habría visto una pequeña bastante común y alegre, que pasaba las horas entre risas, juegos y amigas. En el colegio, mis notas eran buenas-normales, sin perfección. Con ello quiero decir que no hacen falta dones extraordinarios para labrarse un futuro en la academia, sino una chispa de curiosidad, esa que nos invita a explorar lo que percibimos y nos rodea.
La carrera de Física fue mi primera gran travesía. Requirió de mí una entrega constante, días largos y noches de estudio. Eran tiempos en los que las carreras duraban cinco años, y el destino de una asignatura podía depender de un único examen, de esos que podían salir bien… o no tanto. Finalmente, con algo más de tiempo del previsto, logré culminar el camino. Y de aquel trayecto me llevé una certeza: con esfuerzo, dedicación y un toque de persistencia, todo sueño puede alcanzarse. Doy fe.
Jamás habría imaginado, siendo niña, que terminaría dedicando buena parte de mi vida a estudiar la física de la Tierra, los secretos que esconden los terremotos y los susurros profundos de los volcanes. La vida, con sus giros y decisiones, teje un entramado misterioso que fluye, como los ríos que invariablemente buscan el mar.
En ese fluir, tuve el privilegio de convertirme en investigadora y académica. No es un sendero fácil: está lleno de desafíos, sobre todo en el mundo actual. Pero a las generaciones futuras —a quienes heredarán este planeta y lo harán suyo— les diría que no teman soñar. Que aflojen un poco las riendas y se atrevan a imaginar en grande.
Porque en esos sueños, en esa búsqueda apasionada, está la posibilidad de construir un futuro más luminoso; un mundo mejor que aquel que encontramos.
